jueves, marzo 29, 2007

Lo que tendría que haber dicho

Los animales atacan, aprietan los dientes, corren, arañan, acechan, se esconden, huzmean. También se hacen los muertos. Pero no hay palabras. Emitir palabras nos diferencia como humanos.
Nosotros hacemos preguntas, pedimos cuenta, damos explicaciones. Comentamos, proponemos, planteamos dudas, pedimos consejos. Herimos, damos aliento. Ofendemos, consolamos. Insultamos, elogiamos.
A veces uno no encuentra lo que quiere decir. Es el sentir que no cabe en los conceptos. Un sudor en las manos. Un músculo que se contrae. Un nudo negro en el estómago. Un suspiro. Más tarde durante horas pensamos lo que tendríamos que haber dicho. Lo que hubiésemos podido decir y no salió.
Otras veces olvidamos.

Embarazo


Puedo sentir como late, como su mano me toca desde adentro. Como si fuera magenta y empalagase. Puedo terminar una comida que le llega en un momento y siento como la mueve el placer. Me sorprende una panza que nunca creí ver tan gigante. Una mujer que soy yo espera a otra mujer que es mi hija. Y emociona mucho.

Una marca, un recuerdo

Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido. Y después, a los sesenta, setenta, un año pasa muy rápido, y a los cien, más todavía. Los años pasan cada vez más rápido, y a los mil años, un año pasa como si fuera una semana, un día. Es una noción interna.
Todo pasa rápido, y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando buscamos la Vía, cuando queremos practicarla, despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío” Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.

Eso de no saber que querer

A veces basta leer a Alicia en el país de las maravillas para saber que no somos ni los únicos ni los primeros en estar desorientados.
Este es el diálogo entre ella y el gato.
- ¿Podría decirme, por favor, qué camino he de seguir desde aquí?- Eso depende en buena medida del lugar adonde quieras ir - dijo el gato.- No me importa mucho adónde...- dijo Alicia.- Entonces...no importa mucho por dónde vayas - dijo el gato.
¿Quién es mi gato?

Para Cándido López solo los muertos pueden ver

Cándido López fue un autodidacta. Retratista al óleo y fotógrafo daguerrotipista ambulante en algunas ciudades de la Provincia de Buenos Aires, se alistó como voluntario en la Guerra del Paraguay, a comienzos de 1865. Un casco de granada le hirió la mano derecha en la batalla de Curupayty por lo que se le amputó el brazo derecho. Aún así, años más tarde comenzó a pintar sus óleos sobre la contienda. Con los croquis que había tomado durante las campañas militares, recreó el infierno. Pobre al extremo y padre de doce hijos, no quería vender sus cuadros sobre la guerra a un particular y como el Estado argentino tampoco se los compraba, terminó pintando naturalezas muertas que firmaba como Zepol (López al revés) para no traicionarse a sí mismo.
Los cuadros sobre la guerra alientan un minucioso interés por la descripción de la realidad. Las telas son muy horizontales, en una proporción de uno a tres. Los detalles de acciones múltiples y simultáneas en escenarios naturales. El punto de vista alto da aún más profundidad a las perspectivas. Las líneas son simples y firmes. Hay mucha tierra roja, cielo, ríos, esteros, árboles y montes. Yo los ví. Los soldados empujan cañones, lanzas, caminan en los campamentos. Pero los que viven no tienen ojos. Para Cándido López solo los soldados que han atravesado la muerte pueden ver.

Primero de enero


Una pena que escuchada luego tiene el recuerdo del viento pasando por la laguna. Un primero de enero caluroso. Una conversación en secreto que transforma el día en un abismo. Lo sensible en extinción. Hoy fue todo demasiado confuso para desear empezar el año. La verdad no me asusta pero tampoco me dice demasiado.

La experiencia

El antropólogo Oliver Sacks dejó el testimonio de tres pacientes nacidos ciegos que fueron operados aproximadamente a los 50 años. Uno de ellos, al poco tiempo, fue llevado por su neurólogo al Museo de la Ciencia de Londres para que viera una magnífica colección. Ante una pieza exhibida en una vitrina de cristal, fue incapaz de decir de qué se trataba. Entonces le pidieron al guardia del museo que abriera la vitrina y se le permitió tocar la pieza. El ex ciego la recorrió ávidamente con los dedos, cerrando los ojos. Retrocedió un poco, abrió los ojos y dijo: “Ahora que la he tocado, puedo verla”.

Deseos

Ante la pregunta sobre si estaría contento de tener ojos, Nicholas Saunderson, un célebre matemático ciego del siglo XVI, le contestó a Denis Diderot: “Me gustaría igualmente tener brazos largos; me parece que mis manos me informarían mejor sobre lo que pasa en la luna que sus ojos o sus telescopios; además, los ojos dejan de ver antes que las manos de tocar. Sería mucho mejor, entonces, que perfeccionaran en mí el órgano que tengo, antes que concederme el que me falta” Entonces yo pienso cuantas cosas prescindibles deseo y cuantas otras que tengo podría aprovechar más.