viernes, julio 13, 2007

Los libros

En una charla que dio en Santa Fe, la escritora Angélica Gorodischer dijo que todos los escritores tienen en su infancia algo en común: la soledad y los libros. No recuerdo haberme sentido sola en mi niñez pero si en mi adolescencia. Despoblada y tímida los libros vinieron jubilosos a mi y estoy por ello eternamente agradecida. Quiero decir que he encontrado en las páginas ciertas preguntas. Ciertas razones para doblar una esquina, para elegir un color. En tardes indiferentes pude conocer aquellos que en la tierra pretenden justicia. Los que dicen basta. Los maleficios del corazón. Las batallas y las fechas inservibles. La urgencia del deseo. Agradezco a los que me dijeron: adelante. Los que me dejaron llorando por conocer una patria ensangrentada. El poema que me mostró las improcedencias del amor. También tanta palabra vaciada. Tantas historias publicadas a desparpajo. Desvergüenzas. Vulgaridad. Y grosería. Pero es así saber procesar. Después más. Todo aquello que aún no sé. Gérmenes y mariposas vivas en las palabras de aquellos libros que aún me quedan por leer.

viernes, junio 15, 2007

El parto de Luz (2)




Fue en nuestra casa enfrente de la laguna. El universo ayudó para que así fuera. Sin episiotomía, ni sueros, ni desgarros.
Agradecida estoy a mi cuerpo y a todas las mujeres del mundo que han parido sin la aparatología de la ciencia moderna. Yo se que hay quienes me desaprueban. Como hay quienes desde inmensas llanuras, se alegraron abanicando su experiencia.
Al abrirme la acaricié. Le di la bienvenida. Hija del amor y de las búsquedas. Fue naranja el hilo que ató su cordón. Y no lloró.

El parto de Luz

Se inicio contra toda lógica de programación. Impulsado por la vida.
Tuvo intensidad pero evitó lo establecido. Un pacto conjunto de disponer de nuestro propio tiempo. Eso de saber esperar. Dolor inasible y pasajero. Placer bajo la gravidez del vientre. Estar abiertas a nuestra química. Seguridad del gesto intuitivo.
La ví y la felicidad vino con sus ojos.

domingo, junio 10, 2007

Haroldo Conti, escritura y nacimiento


Cuando en 1975 en un reportaje para La Opinión le preguntaron a Haroldo Conti: "¿escribir lo hace feliz?". "En absoluto"- contestó el escritor, también ex-seminarista, director teatral aficcionado, maestro rural, actor, piloto civil, navegante, guionista de cine, profesor de latín y filosofía. "Escribir es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor. Más aliviado".
Al contrario que en Haroldo Conti no hay pesadillas en la experiencia de mi escritura. Juntar palabras me da un gran placer repentino, breve, circunstancial pero absolutamente verdadero. Eso sí: escribo sin pensar si algún otro u otra alguna vez lo leerá. Es mi propio goce en la búsqueda de encontrar lo que luego solo yo estoy segura de leer.
Tal vez el disfrute antagónico al sufrimiento del escritor desaparecido por la dictadura sea por ser mujer.
Damos a luz con toda nuestra piel, todos nuestros órganos, todos nuestros músculos. Es algo que hay que sentir. No basta suponer.
La naturaleza, que tanto hace por crear la vida, organiza la fusión de las dos primeras células masculina y femenina. Y segrega todas las sustancias vitales para el embrión, sus transformaciones, su madurez. Pero además instala en el cuerpo de la mujer algo más: una seguridad, una protección. Modifica nuestras percepsiones sensoriales y emocionales para madurar el proyecto de hijo. Esto nos viene de muy lejos. Seguramente de los primeros tiempos de la humanidad. Sentimos desde el fondo del cuerpo ese ascenso de los sentidos. Nos hacemos más ágiles e inquebrantables a medida que perdemos movilidad.
En el momento de parir, nos convertimos en un gran arco que tensa y dilata placer. Desde la mirada en línea recta hasta la pelvis. Durante el orgasmo y el parto nos invade la misma sustancia hormonal: la oxitocina. Las pulsaciones del orgasmo vaginal prefiguran las pulsaciones gigantescas del útero en el momento del parto. Son los mismos neurotransmisores cerebrales que se desencadenan. De ahí el disfrute, a pesar del inmenso dolor. Después se produce el nacimiento.
*la imagen pertenece a Fernanda Cavallaro y se llama "El árbol de la vida".

sábado, abril 14, 2007

Como el emperador Manuel Comneno


Cuenta Fernando Sabater que se lo preguntaron a Bertrand Russell: ¿y si, después de morir, despertase ante la Presencia definitiva, absoluta y resolutoria que siempre negó? Entonces ¿qué? Russell contestó: "Entonces diría: Señor, no nos diste suficientes pruebas" (cuando se le planteó recientemente la misma pregunta al novelista Francisco Ayala, días antes de cumplir cien años, repuso: "Le estrecharía cortésmente la mano, porque soy una persona educada, pero francamente quedaría muy sorprendido"). El filósofo español propone que situados nosotros mismos en ese momento imaginario — es decir, ya eterno — habría poco más que añadir por nuestra parte: de modo que aprovechemos en cambio para argumentar cuanto podamos antes, mientras dura el tiempo. Yo a veces siento que no hay otra cosa que ir hacia ahí. Lentamente. Gozando del viaje. Mirando tanta belleza. Preguntar. Moverse. Sobrevivir en lo escrito. Entregarse completamente y desear el encuentro. Porque también supe por el griego Kavafis que un triste día de septiembre el emperador Manuel Comneno sintió que su muerte estaba próxima. Los astrólogos de la corte –pagados, claro- siguieron insistiendo en que aún tenía muchos años de vida. Pero mientas tenían lugar sus palabras se acordó de una vieja costumbre religiosa y ordenó que trajeran vestimentas eclesiásticas de un monasterio y se las puso, contento de aparecer modestamente vestido como un sacerdote o monje. Entonces escribió Kadafis y yo lo comparto y lo repito: felices todos aquellos que creen, y como el emperador Manuel acaban sus vidas vestidos modestamente en su fe.

jueves, marzo 29, 2007

Embarazo


Puedo sentir como late, como su mano me toca desde adentro. Como si fuera magenta y empalagase. Puedo terminar una comida que le llega en un momento y siento como la mueve el placer. Me sorprende una panza que nunca creí ver tan gigante. Una mujer que soy yo espera a otra mujer que es mi hija. Y emociona mucho.

Una marca, un recuerdo

Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando queremos despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío” Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.

Eso de no saber que querer

A veces basta leer a Alicia en el país de las maravillas para saber que no somos ni los únicos ni los primeros en estar desorientados.
Este es el diálogo entre ella y el gato.
- ¿Podría decirme, por favor, qué camino he de seguir desde aquí?- Eso depende en buena medida del lugar adonde quieras ir - dijo el gato.- No me importa mucho adónde...- dijo Alicia.- Entonces...no importa mucho por dónde vayas - dijo el gato.
¿Quién es mi gato?

Para Cándido López solo los muertos pueden ver

Cándido López fue un autodidacta. Retratista al óleo y fotógrafo daguerrotipista ambulante en algunas ciudades de la Provincia de Buenos Aires, se alistó como voluntario en la Guerra del Paraguay, a comienzos de 1865. Un casco de granada le hirió la mano derecha en la batalla de Curupayty por lo que se le amputó el brazo derecho. Aún así, años más tarde comenzó a pintar sus óleos sobre la contienda. Con los croquis que había tomado durante las campañas militares, recreó el infierno. Pobre al extremo y padre de doce hijos, no quería vender sus cuadros sobre la guerra a un particular y como el Estado argentino tampoco se los compraba, terminó pintando naturalezas muertas que firmaba como Zepol (López al revés) para no traicionarse a sí mismo.
Los cuadros sobre la guerra alientan un minucioso interés por la descripción de la realidad. Las telas son muy horizontales, en una proporción de uno a tres. Los detalles de acciones múltiples y simultáneas en escenarios naturales. El punto de vista alto da aún más profundidad a las perspectivas. Las líneas son simples y firmes. Hay mucha tierra roja, cielo, ríos, esteros, árboles y montes. Yo los ví. Los soldados empujan cañones, lanzas, caminan en los campamentos. Pero los que viven no tienen ojos. Para Cándido López solo los soldados que han atravesado la muerte pueden ver.

Primero de enero


Una pena que escuchada luego tiene el recuerdo del viento pasando por la laguna. Un primero de enero caluroso. Una conversación en secreto que transforma el día en un abismo. Lo sensible en extinción. Hoy fue todo demasiado confuso para desear empezar el año. La verdad no me asusta pero tampoco me dice demasiado.

La experiencia

El antropólogo Oliver Sacks dejó el testimonio de tres pacientes nacidos ciegos que fueron operados aproximadamente a los 50 años. Uno de ellos, al poco tiempo, fue llevado por su neurólogo al Museo de la Ciencia de Londres para que viera una magnífica colección. Ante una pieza exhibida en una vitrina de cristal, fue incapaz de decir de qué se trataba. Entonces le pidieron al guardia del museo que abriera la vitrina y se le permitió tocar la pieza. El ex ciego la recorrió ávidamente con los dedos, cerrando los ojos. Retrocedió un poco, abrió los ojos y dijo: “Ahora que la he tocado, puedo verla”.

Deseos

Ante la pregunta sobre si estaría contento de tener ojos, Nicholas Saunderson, un célebre matemático ciego del siglo XVI, le contestó a Denis Diderot: “Me gustaría igualmente tener brazos largos; me parece que mis manos me informarían mejor sobre lo que pasa en la luna que sus ojos o sus telescopios; además, los ojos dejan de ver antes que las manos de tocar. Sería mucho mejor, entonces, que perfeccionaran en mí el órgano que tengo, antes que concederme el que me falta” Entonces yo pienso cuantas cosas prescindibles deseo y cuantas otras que tengo podría aprovechar más.

miércoles, febrero 21, 2007

Ben Arabí

En la larga tradición sufí, repleta de poetas y escritores, se encuentra el nombre Ben Arabí o Ibn Arabí. Leí de quien no quiso someterse a Carlos Magno que los que adoran a Dios en el sol, contemplan el sol. Los que adoran en las cosas vivientes, ven a un ser viviente. Los que lo adoran en los objetos inanimados, ven un ser inanimado. Los que lo adoran como Ser Único y sin semejante, ven lo que no tiene semejante.
Me dejo ir. Un maíz. Una lágrima. Cada cual reza lo que cree. Su dios es de los límites de sí mismo. No te apegues a algo ni dejes de creer en alguna cosa. No importa que dejes de suplicar, no te enredes. Vamos, allá arriba. Baja a lo más bajo. Recorre. Baila. Siente. Dios, aquel en quien confías, está en todas partes.

Mis álamos


Nos acompañan con sus formas desde las antiguas litografías, los óleos de pintura colonial o las primeras fotos de mediados del siglo XIX.Son parte de nuestra historia. No hay ninguna especie sudamericana, aunque varias naturalizadas. Pertenecen, al género pópulus, que en latín significa pueblo. Y, junto a los sauces, a la familia salicácea. He visto su perfecto equilibrio sobre este mundo. El viento que los hace elevarse en el aire. Hoy me recuerdan aquel tiempo en que las cosas eran bellas y yo también me suspendía con energía. Tal vez ahora sea polvo o me hayan convertido en nada, pero no puedo volver atrás. La vida me empuja. Hago parir nuevamente el corazón.

jueves, marzo 02, 2006

indefectiblemente

Es una estrella. Una enorme esfera de un millón y medio de kilómetros de radio. Llena de gas incandescente, casi enteramente hidrógeno. En la superficie una temperatura de seis mil grados, y en el centro, de veinte millones. El centro soporta todo su peso. En el núcleo se desencadena un mecanismo de fusión: los átomos de hidrógeno, el elemento químico más simple de todos, se fusionan para dar átomos de helio. En cada segundo, seiscientos treinta millones de toneladas sufren este proceso. De esta cantidad, casi cinco millones se evaporan, generando una presión hacia afuera capaz de contener el peso de toda la estrella. Una parte de la materia se transforma en energía.Así se evita que colapse sobre sí misma. Pero este equilibrio no durará para siempre. El combustible, si bien es mucho, no es eterno. En algún momento el hidrógeno se agotará y llegará el momento fatal en que todo se habrá convertido en helio. Cuando esto suceda las capas exteriores empezarán a expandirse. Se evaporarán los planetas más cercanos, como Mercurio y Venus. Nuestro planeta también. Los océanos se evaporarán. La corteza terrestre se fundirá. Todo el aire volará por el espacio. Una vez que el núcleo se haya convertido en una bola de hierro, se empezará a contraer y a apagar. Lentamente se extinguirá y una noche definitiva caerá sobre este planeta. Será dentro de cinco mil millones de años. Nada, en el mundo puede revertirlo, ni evitarlo. Es la lenta pero irreversible muerte del Sol.

Desplazamientos

Necesidad de realizar desplazamientos. Casi siempre de las formas con que nos acercamos a las cosas o planeamos lo que hacemos. Como si los ojos se nos volviesen cansados de encontrar siempre lo mismo. Como si las voces repitieran incansablemente aquello que no queremos. Me aferro a lo que intuyo. Me mueve lo que todavía no tengo.

jueves, octubre 27, 2005

hoy

Tal vez porque aprendí a llorar de tarde en tarde, no me sorprende un cielo cerrado. Ni algo que no sucede. Ni las esperas que se repiten. Desde una caja manchada viene una melodía apretada, pegadiza. Y el mundo entra por la puerta sin que yo lo pueda recibir como creo se merece. Hoy hicieron estallar un vidrio. Hoy caminé sobre una alfombra roja que no conduce a ningún sitio. Hoy estuve con tanta gente que no me dice nada. Hoy también lo esperé. Si pudiera recuperar mi silencio. Irme en la noche. Encontrar esa palabra precisa. ¿que es lo que esperamos en vano? ¿que cosas te estremecen?

martes, octubre 11, 2005

A destiempo

Es natural que los espectadores se paren frente del escenario. Está bien que la gente se encuentre en la costanera. Esos puestos de pastelitos. Las mesitas bajas. El mate yendo y viniendo. Los canteros. Un montón de muchachos en el borde de la vereda.
Pero a mi me cuesta encontrarme entre los otros. Muchas veces me hacen sentir más sola.
Si en esas horas pudiéramos descender hacia la anchura del río. No tener miedo. Verte así. Sentirte así. Mirando el agua, como si en verdad viéramos cosas. Como si saliéramos de viaje.

El silencio

Fue un regalo: El silencio a veces es una respuesta. Otras, el tiempo necesario de reflexión antes que sobrevenga la palabra que creemos justa. El momento en que decididamente sentimos que hay algo para decir. El silencio también es el momento indicado para descansar. Para reposar. Para decir aquí estoy. De aquí parto. Cuando esto pasa puede suceder que hay alguien más que también espera. Al mismo tiempo, en otro lugar, distante pero palpable, entonces también se da cuenta.

martes, septiembre 27, 2005

Ese sí

Hoy entre las once y las doce hubo como un agujero insuperable. Las once eran un pececito azul de vidrio, ánimo, espera. Las doce un frío retraído, las mismas palabras ya dichas. Pero te esperé y llegaste justo. Está también ese viaje pendiente. Ese sí sin tanto esfuerzo. Andar como descalza. Pudiéndome despegar. Una fiesta entera.