viernes, abril 17, 2009

Anne Finch y su universo de mónadas


El invierno de 1667 en Inglaterra fue extremadamente duro. El insoportable dolor de cabeza de Anne Finch se hizo sentir más que nunca. Afanados físicos, mentalistas, curanderos la han visitado. También, como ella es descendiente de una de las más ilustres familias y vizcondesa de Conway, médicos de la corte. Pero nadie pudo aliviar su sufrimiento. Ella se desnuda a gritos de todo lo sentido y de aquello que no puede. Quiere dormir y su mundo es una horrible campana resonando, una ola que golpea su cabeza, una cadena que cierra la puerta de casa y arrastra toda la noche y todos los miedos. Puede solamente estar en silencio. Pensar en lo leído y aborrecer a aquellos que separan el alma del cuerpo. Ninguno de los textos que le ha acercado su hermano John pueden explicarle si hay diferencia entre uno y otro, ¿por qué el alma no se aparta cuando el cuerpo sufre? Cuando Anne apaga las luces, no hay escisión. Toda ella es dolor. Sufrimiento. Pesadumbre. Empieza y no se detiene. Así pasa horas. Días tristes. Aunque también hay mañanas preciosas en que el ruido cesa por un tiempo. Entonces el dolor tiene un valor trasmutativo. Un efecto beneficioso. Y ahí es cuando puede escribir sus “Principios de la más antigua y moderna filosofía” donde nada es inerte y la naturaleza no es una máquina sino una entidad con fuerza vital. Para ella toda criatura fabrica su propia imagen. Los cuerpos son la manifestación densificada de la actividad de los espíritus. El mundo es una construcción energética unitaria. Sin división entre cuerpos y almas. Cada uno es un uno entero. Ella con ella. Dueña de su infortunio. Toda con su dolor. Con tanto malestar, Anne no teme ser audaz ni oponerse a Descartes. Ni a Espinoza. Ni a Hobbes. Aguanta desde ahí. Espera desde ahí. Trata de entender desde ahí. Siente desde ahí. Escribe desde ahí. Pero ocurre a menudo que ciertas mujeres no son reconocidas en su época. Y todavía más: son ignoradas o desacreditadas por los historiadores. El tratado de Anne fue editado en forma póstuma en 1690, aunque su nombre no apareció impreso. Van Helmont, su médico, amigo y alquimista, quién también guardó su cuerpo inerte en un cofre doble de cristal, publicó sus escritos sin mencionarla. Así y todo, Leibniz leerá sus notas y tomará de ellas el concepto de sus célebres mónadas; sin puertas y sin ventanas.

* para conocer más de la vida de Anne se puede acceder al libro La filosofía de Lady Anne Conway un proto-Leibniz de Bernardino Orio de Miguel, Universitat Politècnica de València - 2004

martes, marzo 24, 2009

Las palabras libres de Margarita Porete

Es el día 11 de abril de 1309. París se ha convertido en la ciudad más grande y poblada de occidente. Después de doce siglos los herederos de San Pedro imponen su palabra como La palabra. La inquisición representa la máxima autoridad en esas tierras. En la Iglesia de San Matutino, sede de los trabajos administrativos de la Sorbona, veintiún teólogos varones examinan las proposiciones de un libro de cuyo autor desconocen. Solo mucho tiempo después sabrán que su autora es una mujer. Margarita ha nacido en Hainaut y es una beguina. Sin pertenecer a una congregación, vive en comunidad con otras mujeres. Aunque no acepta la mediación sacerdotal, se siente consagrada a la divinidad. Reza y trabaja pero no encerrada en un monasterio. Margarita es un alma libre. Y en la soledad de su casa y de su cuerpo, no en latín, sino en su lengua materna, ha escrito un libro que llama al escándalo. Para ella el alma libre no tiene necesidad de apoyarse en las virtudes. Las virtudes le obedecen al menor signo. El alma libre tampoco tiene por qué ocuparse de los dones de Dios, porque precisamente está totalmente inmersa en él. Sumergida en su amor puede y debe conceder a la naturaleza todo lo que a esta le apetezca y desee. No debe existir ni la represión ni los remordimientos. Los expertos del prestigioso centro universitario leen con detenimiento y concluyen que el libro debe ser destruido. Es declarada relapsa. Es decir: reincidente en su herejía. Ya hacía unos años, el obispo de Cambrai sentenció la pública cremación del texto. Margarita ha sido invitada a arrepentirse, pero ella prefiere la profundidad deliciosa de su silencio. Entonces el primer lunes de junio de 1310, la plaza de Gréve, frente al hotel De Ville, se llena de gente. Por encima de las cabezas, el humo enrarece el aire. Arde ya con ganas la hoguera. Y Margarita está ahí, callada y con su rostro sereno. Inmersa e inmensa en su interioridad. Abrasándose a sí misma. A la espera de la nada. Siendo de Dios y en Dios, la inmensidad no la salva sino que muere a través de su muerte. Se necesita mucho fuego para que su cuerpo inicie el concierto luminoso de compañeras muertas. Muchos chisporroteos horribles. Como los de vidrios raspando ojos. Pero ahí están los leños. Ahí están quienes avivan las llamas. Quienes descarnados sienten placer al ver morir a una mujer que ha osado sentir diferente. Al fin sus huesos caen por el suelo y en el mundo hay un espíritu libre menos. Bajo el baldaquín rojo, el dominico Guillermo de París, se reconforta viendo el amasijo de restos y cenizas. Para el inquisidor general de la santa madre iglesia, la tarea ha concluido. Ha muerto, como su dios manda, una inmoral y una hereje. Margarita ha perdido su vida. En cambio su palabra desciende a los recintos del tiempo y asegura su inmortalidad. Anónimo o bajo seudónimo el texto logra conservarse. En 1327 el rey de Inglaterra se casa con Felipa, nacida al igual que Margarita, en Hainaut. De esta manera una de las copias llega a la corte de Eduardo III. Deberán desde entonces pasar más de seiscientos años para que otra mujer haga revivir el nombre de Margarita Porete. Recién en 1946, Romana Guarneri, en la biblioteca apostólica del vaticano, vincula el texto del Espejo de las almas simples con el de la beguina muerta en la hoguera. Hoy aquí parece como si multitudes de chispas se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda. Mientras, las palabras de Margarita ríen y juegan sobre mi laguna.

+la imagen es de Patricia Boero de su cuadro "El espejo es incendio, Marguerite (La Porete)"

jueves, febrero 26, 2009

Las pruebas de Sita


Lo cuenta el Ramayama. El libro en sánscristo anterior a la Odisea. Sita era hija de la tierra. Nacida del surco de un campo. Con ojos de la flor de loto. Por miedo a las habladurías de la gente terminó desterrada por su esposo. Ella, que había sido criada por el rey de Janaka. Que se enamoró de Rama cuando partió el pesado arco regalo del dios Shiva. Ella que supo de la felicidad en su boda. Que lo amó en los días felices del reino de Ayodhya y que lo acompañó sin dudarlo en su destierro. Ella que fue raptada por el malvado rey de Lanka y que padeció en el secuestro; por propia voluntad, tuvo que probar su fidelidad atravesando una hoguera. Se inundó de júbilo el corazón de los amantes cuando Sita salió ilesa. Pero como nada es eterno, tampoco fue su felicidad. Los súbitos poco tiempo después volvieron a pedir a Rama una prueba. Entonces Rama, a pesar o precisamente por amarla tanto, la desterró al bosque. Viviendo alejada Sita tuvo dos gemelos, hijos de Rama. El útero de una mujer es siempre la cuna del mundo. Cuando los niños crecieron fueron a recitar a su padre la epopeya del Ramayama. Sita se apareció en la representación y aunque Rama se sintió nuevamente feliz le pidió a los dioses, otra vez, sí otra vez, el testimonio de la reputación de Sita. En ese momento, ella que era hija del surco, fue tragada por la tierra. No fue Sita quien escribió su vida en el Ramayama sino el ermita Valmiki. Como tampoco fue Penélope quien narró la odisea de Ulises. Pero ahí está ella. Amada. Bella. Deseada. Ahí está su historia de amor, de espera, de soledad. Y aquí estoy yo. La tarde sobre el agua. La felicidad de poder disfrutar y hacer uso de la palabra escrita. La palabra self que es el anhelo más profundo. Las lágrimas de algunas noches en que también lloré por pasar las pruebas que me exigían. Y el amor. El amor que siempre a través de los siglos permanece.

sábado, septiembre 20, 2008

Nuestro origen


Lo saben las sacerdotisas. Y cuando lo cuentan las palabras corren de tanto amor. Nuestro origen no fue el verbo sino el útero. La matriz cósmica de donde surgió la vida.
En aquellos días la Diosa Madre se lavó las manos. Tomó un pedazo de suelo rojo oscuro. Lo mezcló con un corazón. Y sopló en sus narices el aliento divino. El útero de la vida creó la casa donde el viento habita. Hombre y mujer nacieron. Entrañables y distantes. Hermanos, amantes, consortes. Creadores también de lo que cambia y lo que permanece.

domingo, septiembre 07, 2008

Lilith


En uno de los principios, no fue Eva la primera esposa de Adán sino Lilith. Hecha del mismo barro que el hombre esta mujer no era inferior. Ni más débil. Ni dependiente. A orillas del agua Adán y Lilith se regalaban sonidos. Y acostados sobre la tierra, creaban hijos e hijas resplandecientes. Un día Adán se despertó enrarecido. Invocó a un creador celestial, masculino. Y como si esto no fuera poco: monoteista. Rojo de tanto orgullo comenzó a impartir órdenes e instrucciones. En vez de rencor, Lilith se llenó de carcajadas. Audaz y dueña de su belleza no había sido creada para obedecer, sino para entregar y abrazar amor. Por propia iniciativa, pronunció el nombre mágico de la divinidad, se elevó por los aires y se marchó del paraíso. Recién entonces Adán encontró a Eva y le dijo que había nacido de una de sus costillas.

martes, julio 15, 2008

Pobrecito nuestro diosito


Pobrecito el padre nuestro. Sentado en su trono del cielo। Solo y viejito।Diosito miralotodo। Contador de faltas y pecados। Tienen suerte los dioses orientales. Shivá está más allá de toda descripción. Pero como falo tiene al monte Kailash, ubicado al lado del lago Mana Sarovar, que es precisamente: la vulva de su esposa Parvati। Una diosa y un dios se aman en el Tibet. Se acercan. Se rozan. Se desean. Que manera esta de dar ejemplo. Sexo de dioses sin temores.Sin tener que pedir disculpas.

viernes, mayo 30, 2008

Egeria: viajera y escritora


Junto con el Emperador Teodosio una mujer atravieza el sur de la Galia y el norte de Italia. Cruza en barco el mar Adriático y llega sola a Constantinopla. A la salida del sol, cuando un hombre ya puede distinguir a otro, arriba a Jerusalén. Después va a Egipto. Ahí conoce Alejandría, el centro cultural del mundo antiguo y Tebas, aquella que fue descripta por Homero como la ciudad de las mil puertas. Queriendo conocer la ciudad en donde el apostol Pablo predicó su primer sermón cristiano en una sinagoga, viajó a Antioquía. De ahí visitó Edesa, la Mesopotamia y Siria. Eran los inicios del cristianismo. El largo período de paz logrado por el Imperio Romano a sus pueblos sometidos. Aún hoy, mil seicientos años después, el recorrido asombra.
Viajera y escritora, Egeria escribe en un papiro aquello que la sorprende: la belleza de los templos, los ritos de oriente, las agotadoras jornadas a lomos de asno o de camello, el viaje en barcaza cruzando el Eufrates. Sus memorias de viaje son las que hoy leo, pantalla de computadora mediante.
Se puede entonces estar en casa. Entrar en otro tiempo. Conocer una vida que es valiosa. Lo que ha costado derribar miedos y calumnias. Lo que hoy es aún difícil. Aquí está hablando conmigo. Aquí viajando. Derribando prejuicios. De sus palabras crecen maravillas del mundo. Ojos de mujer siempre encendidos. Piernas de mujer atravezando caminos. Manos unidas en súplica. Necesidad de entonar un salmo. Otros atardeceres. La misma risa quebrando las caras serias. Pedidos de perdón. Como ella lo digo: ¿Donde estás diosito querido?. Diosa mamita. Toda, informe, infinita. Impersonal. No te olvides. Aquí somos nosotras. Tierra fertil femenina.

jueves, enero 03, 2008

Palabras sobrevivientes

Hacia 1815 el sacerdote Dámaso Antonio Larrañaga, se acercó a Soriano, Uruguay. Allí entrevistó a tres de los indios más viejos y publicó algunas estructuras gramaticales y unos setenta términos de la lengua Chaná. Poco después se creyó que esta lengua había desaparecido. Cuando habían pasado casi dos siglos se supo que Blas Wilfredo Omar Jaime había guardado el conocimiento de sus ancestros. Su tatarabuela, se lo enseñó a su bisabuela, su bisabuela a su abuela y ella a su mamá. Por no tener hermana mujer este entrerriano aprendió Chaná y sabe nombres que ya nadie recuerda. Hay noches en que a Omar Jaime lo visitan palabras que quieren seguir viviendo.

domingo, diciembre 30, 2007

El cielo que vio Hiparco


Hiparco de Nicea avergonzó a quienes consideraban un cielo inmutable. Descubrió una nueva estrella y ese lento movimiento del bamboleo del eje terrestre que a lo largo de los siglos provoca ligeros cambios en la ubicación de las constelaciones. Director de la famosa Biblioteca de Alejandría, el mundo le debe también la oblicuidad de la eclíptica, la invención de la trigonometría y los conceptos de longitud y latitud geográficas. Su catálogo de más de 800 estrellas, es la obra fundacional de la astronomía. La escala de seis magnitudes de los brillos aparentes que utilizó, es la que se usa en la actualidad. En Rodas murió hace más de dos mil cien años y se creía que nada suyo se había conservado hasta nuestros días.
Sin embargo un escultor romano copió en el mármol una escultura griega. Las precisas cinceladas permitieron conservar una esfera tallada, sostenida por los hombros de un gigante. Quizás se trata de Atlas, de quien se dice que Zeus lo condenó a cargar sobre sus hombros los pilares que mantenían la tierra separada de los cielos. En el globo, se pueden ver cuarenta y un constelaciones, las líneas que representan el ecuador celeste, los trópicos y la elíptica. Las imágenes de las estrellas están demasiado bien ubicadas. Es difícil que el escultor las haya hecho al azar.
Bradley Schaefer que es profesor asociado de Física y Astronomía en la Universidad Estatal de Louisiana, calculó con precisión la posición de las constelaciones esculpidas. Comparó este patrón con la fecha actual y anunció ante los miembros de la Academia Norteamericana de Astronomía que la bola de piedra era una copia de un globo estelar hecho por Hiparco. Si esto fuera verdad, las imágenes que los griegos vieron en el cielo estarían ahora en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. La estatua se conoce con el nombre de Atlas de Farnese.
Yo no querría desmerecer la historia, ni las investigaciones científicas, ni los increíbles hallazgos. Pero lo sencillo también asombra. De algún modo, en el lugar que estés, esta misma noche, podés disfrutar la luna que inquietó a los griegos.

martes, diciembre 11, 2007

Dios mujer en el Monte Athos


En Grecia, muy cerca de la frontera con Macedonia, se encuentra el Monte Athos. Es el único estado monástico del mundo. Desde 1926 posee un estatuto autónomo del gobierno griego. Existen allí doce casas de ermitas y veinte monasterios.
Actualmente viven alrededor de 1600 monjes, pero en el pasado albergó a más de 5000. Guardianes de milenarios dibujos hechos con maestría. Ministros de la fe que encienden lámparas de oros macizas. Y profundos conocedores de los escritos de los primeros cristianos.
Todo en Athos busca el acercamiento a Dios. El calendario es el gregoriano y el hábito horario el bizantino. Las horas se cuentan a partir de la puesta del sol y no de la medianoche. Nadie camina en esas tierras ajeno a la admiración de lo supremo.
Hombres silenciosos, buscadores de la felicidad divina, concibieron a Athos con una ley severa. Ninguna mujer ni ningún animal hembra puede atravesar su muralla. Para nosotras, este monte que baña el mar Egeo es el rincón del mundo más impenetrable. Yo no siento lástima ni pena. Escribo con seguridad, a contramano de una historia de varones victoriosos pero ingenuos. Poca cosa es suponer que la mera prohibición de una entrada aniquile las noches cargadas de sueños de curvas y cantos de féminas.¿Es que ninguno de ellos ha leído a la sulamita rezar en el Cantar de los cantares: nosotras somos la rosa de Sarón y el lirio de los valles.? Yo no se cuando será la tarde en que alguna de nosotras camine por los pasillos de un monasterio de Athos. Cuando pronunciaremos nuestras palabras en aquel viento. Cuando acunaremos allí a nuestros niños y a nuestras niñas. Pero estoy segura. Así será un día sin venganza. La verdad liviana y sencilla de nuevo cursará las aguas. Entonces un monje en su celda solo, sabio, tal vez viejo, reconocerá que Dios también es “La inconmensurable”.

jueves, octubre 11, 2007

Ojalá













Vivimos por perseverancia, por un conjunto de razones azarosas, por tantas coincidencias. No desearía hija mía que fueras sólo respetable. Que terminaras la escuela, que encontraras un trabajo. Ojalá vivas en colores. Ojalá hagas mover las mariposas y el corazón de quien te quiera. Ojalá guardes de invierno a primavera miguitas para los pájaros, des comida a quien toca a tu puerta, muevas y regales convicciones. Ojalá nada te sea para siempre. Aunque espero tengas todo cuanto quieras y te tenga que llegar. Ojalá en tanta confusión te encuentres a vos misma. Te levantes cuando caigas. Ojalá cambies. De tierra. De comida. De música. De cielo. Para volver enriquecida. En nuestro país uno puede perderse en la fama inmerecida de programas de televisión. Pero los que han aprendido el oficio de escribir, escriben. Los que tienen el talento de cantar, cantan. Los que tienen alegría, bailan Y el mundo, pero sobre todo cada uno de ellos, aumenta la esperanza.

lunes, septiembre 10, 2007

Yasodhara, la esposa olvidada de Siddharta


El príncipe Siddharta, Gautama, Shakyamuni, el Buda. Todos nombres de la misma persona que nació quinientos años antes de Cristo. Más de la mitad de la población mundial vive en países que han recibido una gran influencia de sus ideas. El hermoso libro de Herman Hesse me ayudó a conocerlo. ¿Pero quién recuerda a Yasodhara? Yasodhara estaba casada con Siddharta. A los veintinueve años, precisamente el año en que había dado luz a su hijo Rahula, Siddharta la abandonó para buscar su iluminación. ¿Quién piensa o escribe ahora sobre ella? Tal vez fuera Yasodhara quién quería dejar a Siddharta y no lo hizo para no abandonar a su hijo.¿Qué le diría a Rahula cada vez que le preguntara dónde estaba su padre? ¿Cómo afrontó la soledad? ¿Qué sintió ante el abandono? ¿Cómo fueron sus noches en dónde esperó en vano el regreso de su esposo?
El Buda no dejó ningún testimonio escrito de sus ideas y pensamientos. Todos los relatos sobre sus enseñanzas y su vida fueron de sus discípulos años después de su muerte. Todos ellos varones.
Yasodhara había mostrado compasión por los enfermos y los débiles mucho antes que la mostrara Siddharta, mucho antes de que él fuera consciente del sufrimiento.
¿Quién puede saber verdaderamente qué pensamientos tuvo el Buda durante su vida? La alta sabiduría. La serenidad. La alegría. La extinción del temor. ¿Quién sabe si la hermosa Yasodhara y el pequeño Rahula no formaron parte de sus respuestas a los enigmas de la vida? ¿Cómo sabemos que no les debe a ellos también parte de su iluminación?

viernes, agosto 31, 2007

“Hipercomunicados” y ermitaños


El domingo en casa recibimos dos diarios locales y tres nacionales. El día lunes llegaron a mi casilla de correo personal veintisiete mensajes y quince a mi casilla laboral. No tengo presente en esta cuenta la innumerable cantidad de spam, los mensajes de textos a mi celular, la lectura de diarios por internet, los portales de noticias. Afortunadamente o desafortunadamente casi no veo/escucho televisión ni prendo la radio.
En el Tibet hay ermitaños que viven durante tres, diez o veinte años a gran profundidad. Se encierran por su propio deseo. En todo este tiempo nunca ven la luz, nunca hablan con nadie. Cumplen en realidad un voto de silencio. Cuando quieren salir necesitan mucho tiempo para hacerlo porque si la luz entrase súbitamente quedarían ciegos al instante. Esto lo supe cuando leí “El manto amarillo” de Lobsang Rampa.
El ermita, como yo, busca su verdad. Medita sobre la naturaleza del hombre y de la vida. Deberíamos convencernos de que nuestro propio pensamiento, nuestra propia reflexión de lo vivido, no son tan estériles ni tan inútiles como suelen hacernos creer. Es una lástima que dudemos de que en nuestra experiencia está aquello que nos hace bien. Aquello que amamos. Aquello que nos hace felices.

viernes, julio 13, 2007

Los libros

En una charla que dio en Santa Fe, la escritora Angélica Gorodischer dijo que todos los escritores tienen en su infancia algo en común: la soledad y los libros. No recuerdo haberme sentido sola en mi niñez pero si en mi adolescencia. Despoblada y tímida los libros vinieron jubilosos a mi y estoy por ello eternamente agradecida. Quiero decir que he encontrado en las páginas ciertas preguntas. Ciertas razones para doblar una esquina, para elegir un color. En tardes indiferentes pude conocer aquellos que en la tierra pretenden justicia. Los que dicen basta. Los maleficios del corazón. Las batallas y las fechas inservibles. La urgencia del deseo. Agradezco a los que me dijeron: adelante. Los que me dejaron llorando por conocer una patria ensangrentada. El poema que me mostró las improcedencias del amor. También tanta palabra vaciada. Tantas historias publicadas a desparpajo. Desvergüenzas. Vulgaridad. Y grosería. Pero es así saber procesar. Después más. Todo aquello que aún no sé. Gérmenes y mariposas vivas en las palabras de aquellos libros que aún me quedan por leer.

viernes, junio 15, 2007

El parto de Luz (2)




Fue en nuestra casa enfrente de la laguna. El universo ayudó para que así fuera. Sin episiotomía, ni sueros, ni desgarros.
Agradecida estoy a mi cuerpo y a todas las mujeres del mundo que han parido sin la aparatología de la ciencia moderna. Yo se que hay quienes me desaprueban. Como hay quienes desde inmensas llanuras, se alegraron abanicando su experiencia.
Al abrirme la acaricié. Le di la bienvenida. Hija del amor y de las búsquedas. Fue naranja el hilo que ató su cordón. Y no lloró.

El parto de Luz

Se inicio contra toda lógica de programación. Impulsado por la vida.
Tuvo intensidad pero evitó lo establecido. Un pacto conjunto de disponer de nuestro propio tiempo. Eso de saber esperar. Dolor inasible y pasajero. Placer bajo la gravidez del vientre. Estar abiertas a nuestra química. Seguridad del gesto intuitivo.
La ví y la felicidad vino con sus ojos.

domingo, junio 10, 2007

Haroldo Conti, escritura y nacimiento


Cuando en 1975 en un reportaje para La Opinión le preguntaron a Haroldo Conti: "¿escribir lo hace feliz?". "En absoluto"- contestó el escritor, también ex-seminarista, director teatral aficcionado, maestro rural, actor, piloto civil, navegante, guionista de cine, profesor de latín y filosofía. "Escribir es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor. Más aliviado".
Al contrario que en Haroldo Conti no hay pesadillas en la experiencia de mi escritura. Juntar palabras me da un gran placer repentino, breve, circunstancial pero absolutamente verdadero. Eso sí: escribo sin pensar si algún otro u otra alguna vez lo leerá. Es mi propio goce en la búsqueda de encontrar lo que luego solo yo estoy segura de leer.
Tal vez el disfrute antagónico al sufrimiento del escritor desaparecido por la dictadura sea por ser mujer.
Damos a luz con toda nuestra piel, todos nuestros órganos, todos nuestros músculos. Es algo que hay que sentir. No basta suponer.
La naturaleza, que tanto hace por crear la vida, organiza la fusión de las dos primeras células masculina y femenina. Y segrega todas las sustancias vitales para el embrión, sus transformaciones, su madurez. Pero además instala en el cuerpo de la mujer algo más: una seguridad, una protección. Modifica nuestras percepsiones sensoriales y emocionales para madurar el proyecto de hijo. Esto nos viene de muy lejos. Seguramente de los primeros tiempos de la humanidad. Sentimos desde el fondo del cuerpo ese ascenso de los sentidos. Nos hacemos más ágiles e inquebrantables a medida que perdemos movilidad.
En el momento de parir, nos convertimos en un gran arco que tensa y dilata placer. Desde la mirada en línea recta hasta la pelvis. Durante el orgasmo y el parto nos invade la misma sustancia hormonal: la oxitocina. Las pulsaciones del orgasmo vaginal prefiguran las pulsaciones gigantescas del útero en el momento del parto. Son los mismos neurotransmisores cerebrales que se desencadenan. De ahí el disfrute, a pesar del inmenso dolor. Después se produce el nacimiento.
*la imagen pertenece a Fernanda Cavallaro y se llama "El árbol de la vida".

sábado, abril 14, 2007

Como el emperador Manuel Comneno


Cuenta Fernando Sabater que se lo preguntaron a Bertrand Russell: ¿y si, después de morir, despertase ante la Presencia definitiva, absoluta y resolutoria que siempre negó? Entonces ¿qué? Russell contestó: "Entonces diría: Señor, no nos diste suficientes pruebas" (cuando se le planteó recientemente la misma pregunta al novelista Francisco Ayala, días antes de cumplir cien años, repuso: "Le estrecharía cortésmente la mano, porque soy una persona educada, pero francamente quedaría muy sorprendido"). El filósofo español propone que situados nosotros mismos en ese momento imaginario — es decir, ya eterno — habría poco más que añadir por nuestra parte: de modo que aprovechemos en cambio para argumentar cuanto podamos antes, mientras dura el tiempo. Yo a veces siento que no hay otra cosa que ir hacia ahí. Lentamente. Gozando del viaje. Mirando tanta belleza. Preguntar. Moverse. Sobrevivir en lo escrito. Entregarse completamente y desear el encuentro. Porque también supe por el griego Kavafis que un triste día de septiembre el emperador Manuel Comneno sintió que su muerte estaba próxima. Los astrólogos de la corte –pagados, claro- siguieron insistiendo en que aún tenía muchos años de vida. Pero mientas tenían lugar sus palabras se acordó de una vieja costumbre religiosa y ordenó que trajeran vestimentas eclesiásticas de un monasterio y se las puso, contento de aparecer modestamente vestido como un sacerdote o monje. Entonces escribió Kadafis y yo lo comparto y lo repito: felices todos aquellos que creen, y como el emperador Manuel acaban sus vidas vestidos modestamente en su fe.

jueves, marzo 29, 2007

Embarazo


Puedo sentir como late, como su mano me toca desde adentro. Como si fuera magenta y empalagase. Puedo terminar una comida que le llega en un momento y siento como la mueve el placer. Me sorprende una panza que nunca creí ver tan gigante. Una mujer que soy yo espera a otra mujer que es mi hija. Y emociona mucho.

Una marca, un recuerdo

Un maestro Zen decía que el tiempo sólo existe en relación con nuestra experiencia, con nuestra producción, con nuestro ser. Cuando nada se produce, no hay tiempo, el tiempo no existe.
Por ejemplo, cuando tenemos un año, este primer año nos parece largo, muy largo. Cuando cumplimos dos, nos parece que ese segundo año ha pasado más rápido, porque ya tenemos la experiencia, la conciencia de haber tenido un año. Y así, diez años, veinte años, treinta años. El tiempo pasa más y más rápido y en una sola vida no se hacen demasiadas cosas importantes. Cuando queremos despertar, salvar la conciencia para toda la eternidad, nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo. Hay poco tiempo para hacer cosas importantes. Por ejemplo, si yo le digo a alguien: “Hola, ¿cómo andás?”, esa persona me contesta: “Hola, más o menos ¿y vos?”. “Bien, creciendo la panza. Sintiendo como se mueve la bebé adentro mío” Entonces se produce una relación, un conocimiento, un recuerdo, una marca sobre la ruta de nuestra vida, un tiempo.